Cuando era niña mi mamá me contaba historias de horror. La protagonista siempre era Sor Rebeca Molano, una monja salesiana de un internado de pueblo donde mi mamá estudió en su adolescencia. Sor Rebeca se deleitaba amenazando a mi mamá con los tenedores y las llamas eternas del infierno.
Por eso fue una total sorpresa cuando un día, a mis veinticuatro años, me di cuenta que yo tenía inclinaciones de religiosa.
Aunque había dejado de practicar la religión católica o cualquier otro credo organizado, la vida monacal me atraía por el silencio, la disciplina, la reclusión y la contemplación meditativa en búsqueda de la divinidad. Lo que no me persuadía de manera alguna era el celibato.
Me planteé profesar como una monja sin orden religiosa y con marido, no un etéreo Agnus Dei sino un hombre enteramente de carne y hueso, y construir un convento de monja y monje alrededor de mis inventadas liturgias y rituales. Hoy en día mantengo varios de esos hábitos conventuales. Además, la imagen de lo que ser monja ha significado para muchas mujeres a través de la historia siempre me ha sido fascinante.
Hace años descubrí los diagramas para plegar una monja de papel creada por Kunihiko Kasahara. Es uno de mis modelos favoritos de todos los tiempos por su sencillez, por la elegancia del proceso de plegado y por el resultado que sintetiza en tan pocos dobleces la esencia de una monja de hábito.
Cuando trabajé en una editorial en Nueva York, para aliviar las presión que me producía el enclaustramiento en un rascacielos de poco aire, comencé a plegar monjitas de dos centímetros de altura. Poco a poco se fueron convirtiendo en las mascotas del departamento de español. Cada día agrupábamos a las monjas de manera diferente: meditando, cotorreando, invocando, orando, o en otras actividades monjiles.
Algunas de esas monjas se ven aquí en un convento que me construyó mi marido, gran trabajador de la madera y condiscípulo de mi espíritu juguetón. Se lo regalamos a Eva, una querida amiga que dirigía entonces el proyecto de español de la editorial. El convento reside ahora en un altar a la entrada de su casa junto a otros objetos sagrados. Allí las monjas elevan sus plegarias, quizás sin mucho éxito, por la paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad.






Hola leyla…
Me ha resultado imposible no sonreirme al recordar, leyéndote, viejos pensamientos sobre aquellas cosas mágicas que debían pasar en aquella vida monacal… Estudié con hermanos cristianos, así que también recuerdo aquella atracción que ejerce el misterio y el rito…
¿Alguna vez, entre tantos días, ha pasado por tus manos “el memorial del convento” de Saramago?
Ah, y de paso, quizás la más hermosa monja sea la “monja y viento” publicada en el libro de las pajaritas…
Un abrazo
daniel
Veo aquí una foto de la “monja y viento” de Gabriel Alvarez Casanovas. Se ve sin duda muy linda. Ésta debe ser una monja que se la pasa patiperriando por fuera del convento pues no creo que adentro soplen tales brisas. Tendré que conseguir el libro y plegarla. Gracias, Daniel, por mencionarla.
A propósito de “El libro de las pajaritas de papel”, en ésta página hay una buena reseña de ese libro (en inglés) y una lista de los modelos que trae.
Lei también una reseña del libro de Saramago, muy atrayente… otro libro para leer en alguna de mis vidas.
Quiero aprender a hacer esas monjas de papel que aparecen
por favor dame las intrucciones.
Diagramas para plegar la monja:
http://latrenza.wordpress.com/2007/06/02/como-plegar-una-monja-de-papel/